La Unidad Global
La naturaleza de la civilización global
de LLEWELLYN VAUGHAN-LEE
Artículo de la Revista Kosmos a Llewellyn Vaughan-Lee,
edición primavera/verano 2005.
¿Cómo puede verse la divina
Unidad?
¿En formas bellas, en maravillas sorprendentes,
en milagros imponentes?
El Tao no está obligado
a presentarse de este modo.
Si te atreves a vivirlo,
lo verás en todos lados,
hasta en las cosas más comunes.
- Lao Tsu
TODOS SOMOS UNO
La unidad global de la totalidad es muy simple, en ella todo está incluido.
Cada hoja, cada risa, cada lágrima, cada niño que juega, cada
soldado exhausto de pelear, es parte de la unidad del mundo. Nada puede ser
excluido, nada está separado. Cada pensamiento, cada sueño
está conectado con otro pensamiento y sueño. Excluir algo es
excluir todo.
Y esta unidad está presente en todas partes en todo momento. Cuando
el poeta William Blake escribió "Ver el mundo en un grano de
arena", él estaba describiendo una simple verdad y no una imagen
poética. Todo lo que existe, cada célula de la creación
contiene la unicidad del mundo. Nosotros somos una parte de la totalidad
y la totalidad en sí.
Una vez que dejamos el paradigma del dualismo y de la separación,
y entramos en la unidad total que está presente, surge una imagen
muy diferente de la vida. La luz y la sombra, lo bueno y lo malo, la risa
y las lágrimas, si bien continúan siendo diferentes, se pertenecen
entre sí. Nosotros somos parte uno del otro y, a pesar de tener individualidad
propia y cualidades únicas, hay algo que abarca todas las cosas, que
es todo. Esta unidad global es la vida misma.
Lamentablemente, durante la última era las imágenes de dualidad
han dominado nuestra conciencia creando una vida de separación. Nos
volvimos más dañinos y alejados unos de otros, nos separamos
de la Tierra y de los ritmos naturales de la vida, lo que nos permitió violar
y saquear nuestro planeta con resultados desastrosos. Necesitamos recobrar
el conocimiento de la unicidad global antes de que el mundo muera de dolor
por la separación.
Nosotros conocemos esta verdad. Sabemos que hemos entrado en una era de
responsabilidad global y de reconocimiento de la interdependencia de
toda la vida. La ciencia nos ha revelado la completa unidad ecológica
de la vida -- cómo somos parte de un ecosistema delicadamente equilibrado.
La tecnología nos ha dado las herramientas de la percepción
global: satélites, teléfonos celulares e Internet. Pero estos
instrumentos de comunicación global están siendo usados por
nuestras corporaciones para esparcir más codicia y materialismo por
todo el mundo, profanando aún más el planeta. Hasta la pesadilla
del terrorismo se ha vuelto global.
Se nos ha dado una visión de la unidad global, de que el mundo es
un todo viviente. Y se nos han dado algunos de los instrumentos que
nos permiten vivir esta visión. Sin embargo, estamos desechando este
regalo, permitiendo que las cualidades positivas de la globalidad sean usadas
por esas fuerzas que podrían destruirnos. ¿Es este nuestro
destino? ¿Qué es lo que nos impide reivindicar los verdaderos
frutos de la unicidad global?
Tal vez nos asuste reconocer el verdadero significado de la unidad global
y la responsabilidad que eso implica. ¿Qué significaría
encarar que nuestra vida no nos pertenece, que somos parte de algo mayor,
algo inmenso, bello y terrible que no podemos controlar sino que sólo
podemos reconocer con reverencia? La ilusión de la supremacía
de nuestro ser separados y todo lo que esto involucra, tal vez sea la verdadera
barrera que nos impide vivir el poder y la potencia de la unidad global,
que es el trabajar juntos por el bien del mundo.
Entrar en la era de unicidad global significa perder nuestro sentido de
autonomía y deseo de controlar nuestro propio destino. Requiere que
renunciemos algunos de los valores del ego, que miremos más allá de
nuestro interés personal y del impulso hacia el proteccionismo y aislamiento
que esto fomenta. ¿Es este el paso que nos sentimos tan reacios a
tomar? Tradicionalmente son las imágenes que llegan desde el mundo
espiritual, las que nos ayudan en tal transición; imágenes
que pertenecen a nuestra naturaleza divina que es la totalidad de la vida.
Pero lamentablemente, la mayor parte de la espiritualidad contemporánea
ha sido pervertida por el ego, prometiendo sueños de auto-desarrollo
o de auto-satisfacción en vez de requerir que vayamos más allá del
ego. Nuestra codicia e interés propio han contaminado no sólo
el mundo físico sino también nuestra percepción espiritual.
En vez de esto, para poder reclamar lo que se nos ha dado, debemos volver
al mismísimo centro de nuestro ser, al conocimiento directo y fundamental
de que todos somos uno.
Las manifestaciones de la unidad global
Un mundo de unicidad global nos rodea y espera que lo vivamos. Es más
simple que nuestro fracturado y complejo mundo contemporáneo, porque la
naturaleza de la unidad global es muy simple. Y esta unicidad global
pertenece a la naturaleza orgánica de la vida misma, más
que cualquier imagen de civilización a la que debemos forzar al mundo
que se adhiera. Nadie puede imponer la unidad global; ella le pertenece tanto
a cada uno de nosotros como a cada átomo. La unicidad global es también
una expresión directa del principio espiritual que yace detrás
de la creación; es la divina esencia que está dentro de cada
uno de nosotros. La verdadera naturaleza de la vida y de nuestro ser es un
estado de unidad total. Todo es uno y todo es divino.
Las manifestaciones de la unidad pertenecen a la vida, a sus patrones
orgánicos y auto-sustentables de desarrollo y a su evolución
divina. La vida es un organismo viviente que puede sanarse y transformarse
a sí mismo. La vida también tiene una conciencia divina que
es nuestra propia conciencia divina. Esta conciencia tiene el conocimiento
que la vida necesita para evolucionar. Por medio de nuestro conocimiento y
co-operación, la unidad inherente en la vida puede reafirmarse y recrearse
a sí misma. La vida nos revelará las formas de la unidad global,
cómo vivir en armonía con toda la creación de un modo
auto-sustentable que nos nutra a todos, tanto material como espiritualmente.
La humanidad y sus culturas pueden una vez más llegar a ser un aspecto
natural de la vida, una expresión de la divina unicidad de la que
todos somos parte.
Por todos lados hay signos de esta regeneración; signos que son tan
simples que se nos pasan por alto. La unidad global está presente
en los nuevos modos en que la gente se va conectando. Internet es un instrumento
esencial en este proceso por la forma en que vincula a las personas más
allá de las barreras de lugar, raza o nacionalidad. A través
de Internet distintas personas en todas partes del mundo se están
conectando y formando redes de comunicación más allá de
cualquier control de jerarquías o gobiernos. Ellos pertenecen a la
vida misma.
La gente también está relacionándose por medio del
intercambio comercial, viajes, telecomunicaciones, conferencias y otras formas
de encuentros. Y estas conexiones se están llevando a cabo a muchos
niveles diferentes. Por ejemplo, los diálogos ecuménicos interfé,
son un nivel de comunicación interreligiosa. A un nivel más
profundo, la migración de senderos y tradiciones espirituales del
Este al Oeste han producido un nivel de conexión global en el que
se están fusionando Oriente y Occidente, creando una luz que "no
es ni del Este ni del Oeste".
Por todos lados están desarrollándose patrones que vinculan
a la gente de modos nuevos y diversos. Pero sin embargo, aún necesitamos
comprender más plenamente que son estos mismos paradigmas de relacionamiento
tan esenciales, los que brindan respuestas simples a la complejidad de estos
tiempos. Estos no sólo transmiten información; ellos están
creando una nueva interrelación, muy adaptable y orgánica,
de individuos y grupos. Algo está despertando de un nuevo modo.
En estos patrones de reconexión, una nueva vida está fluyendo.
Esta fuerza vital tiene la urgencia necesaria para que la humanidad y el
planeta sobrevivan y cambien en este tiempo de crisis. También tiene
el poder de la unidad global y la simplicidad de reunir a la gente. Se trata
de colaboración en vez de posesividad y aislamiento. Es la profunda
alegría de saber que somos Una vida. Esto lleva la estampa de la unidad
divina.
Pero aún estamos encarando las barreras de nuestro interés
propio, incapaz o poco dispuesto a reconocer que esta unidad global que está surgiendo
no es personal, no se refiere a nosotros. Ni siquiera tiene que ver con que
la humanidad tenga una mejor vida. Si continuamos con nuestra visión
mundial centrada en el ego, nosotros seremos como los que rehúsaron
aceptar que la Tierra no es el centro del universo, los que denunciaron a
Copernico y a Galileo. La civilización global que está naciendo
tiene que ver con todo el planeta y con la divinidad de la cual el mundo
es una expresión. Hasta que despertemos a esta simple pero radical
verdad, nosotros le entregamos energía y herramientas a la globalización
de las fuerzas de auto-interés que nos están destruyendo. Necesitamos
volver a lo que es básico, fundamental. Todo el mundo es una expresión
de la divinidad y nosotros somos tan sólo una parte de esta completa
unidad creativa. Nuestra responsabilidad es traer esta verdad al centro de
la vida cotidiana de modo de que con nuestra conciencia la vida pueda redimirse
a sí misma de la profanación y de la polución que le
hemos infligido. Sólo entonces puede una civilización global
revivir y florecer.
Una nota de Llewellyn Vaughan-Lee
Para el místico, para el buscador de la Verdad, la Unidad de la Totalidad
no es ni una idea ni un concepto; es una experiencia viva de la verdadera
naturaleza de la creación. La separatividad es una ilusión
creada por el ego. Sin embargo, cuando el ego se rinde al Ser, al Alma,
esta ilusión se disuelve y llega la realización de que todo
es Dios y de que la vida es Su divina presencia. Cuando el "ojo
del corazón despierta" la unidad de la totalidad de la vida se
percibe directamente. La contribución del místico es atestiguar
la divinidad que existe en todas las cosas, es vivir este saber en
cada instante y con cada aliento.
Percibir la unidad infinita, la unicidad de la totalidad, nos permite
participar directamente con la vida tal como realmente es y no como una ilusión
creada por nuestra mente y ego. Si la próxima era no enraíza
sus cimientos en la conciencia espiritual, volveremos a crear una nueva ilusión,
un nuevo mundo de sombras. Nada podrá nacer si la divinidad no regresa
a Su verdadera morada, al centro de nuestra conciencia, al centro de nuestra
experiencia de vida cotidiana. El trabajo del místico es mantener
viva esta nota de conciencia verdadera para la humanidad. Citando las palabras
del gran maestro sufí Ibn 'Arabi: "El místico es 'la pupila
del ojo de la humanidad'".
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